La verdad sobre las emociones infantiles

En mi último artículo escribí acerca de la continua tensión que generamos en l@s txikis mediante el continuo exceso de órdenes y prohibiciones, exigiéndoles actitudes que muchas veces no concuerdan con su desarrollo cerebral. No es de extrañar entonces que a diario veamos peques tristes, con miedo, furios@s, llen@s de rabia, gritando, pegando, pataleando, negando acercamientos, etc. Pero es común también observar que la reacción ante esto suele ser de rechazo y represión inmediata por parte de las familias o personas acompañantes. Por ello, aquí las cuestiones a tratar son tres: ¿Por qué las expresiones emocionales infantiles son tan intensas? ¿Por qué a l@s adult@s nos molestan tanto estas manifestaciones? ¿Cómo podemos gestionarlas?

El cerebro infantil

Antes de tratar los siguientes puntos es muy importante que conozcamos brevemente cómo es y funciona el cerebro infantil. El cerebro humano está compuesto por 3 cerebros, el primitivo (predomina hasta el año y es el encargado de las funciones básicas de instinto y supervivencia como respirar), el límbico (predomina entre los 1-3 años y es el encargado de las emociones) y el neocortex (empieza a desarrollarse a los 3 años y es el encargado del razonamiento). Esto demuestra porqué las expresiones emocionales infantiles son tan intensas. Hasta los 3-4 años aprox. la vida infantil se rige por su cerebro límbico, están en una etapa egocéntrica, su sentir es la única verdad absoluta, y aún no tienen orientación temporal viviendo exclusivamente aquí y en el ahora. Esto cambiará a medida que su cerebro racional se vaya desarrollando, pero si intentamos adelantar etapas y rechazamos o reprimimos las expresiones impulsivas emocionales estaremos favoreciendo el desarrollo de daños y alteraciones cerebrales.

Presentación1

Porque  l@s adult@s reprimimos algunas emociones infantiles 

  • Repetimos patrones. La mayoría de nosotr@s fuimos de niñ@s reprimid@s, rechazad@s, abandonad@s o castigad@s cuando manifestábamos nuestro miedo, tristeza o rabia y hemos crecido creyendo que estas emociones son negativas y que somos malas personas por sentirlas. Así, aprendimos a reprimirlas y reconducirlas fingiendo alegría, por ejemplo, emoción considerada como buena o positiva. Cuando observamos o vivimos un episodio de miedo, tristeza o rabia infantil algo se nos remueve dentro, nos conecta con nuestr@ niñ@ herid@, y nos ponemos nosotr@s más nervios@s o tens@s, deseando que el momento acabe, normalmente por nuestro bien y no por el suyo. Como menciona Laura Perales “cada vez que identifiquemos un sentimiento hacia nuestros hijos que no debería estar ahí, estamos recibiendo valiosas pistas sobre los fantasmas personales de lo vivido en nuestras propias infancias. No dejemos que nuestros traumas se instalen en nuestros hijos“.
  • Priorizamos el qué dirán. Seguramente en casa o en el bosque nos es más sencillo lidiar con cualquier expresión emocional intensa de un/a peque. Pero cuando ésto ocurre en una reunión familiar, en una quedada de amig@s, en el transporte público o en el parque nuestro nerviosismo se multiplica por 100 y nuestra paciencia se agota rápidamente, ¿verdad? Bueno, aquí estaremos de acuerdo en que el motivo de ello es simplemente que en lugares públicos tenemos a decenas de personas mirándonos y juzgando si nos hacemos respetar mediante las relaciones de poder o si nuestr@ pequeñ@ es un/a tiran@ (algo imposible a esa edad). Y claro, como de adultos ya hemos interiorizado que lo importante es actuar como el resto espera de nosotr@s intentamos por todos los medios que nuestr@ hij@ cese su conducta y evitar así que nos sigan mirando y juzgando. En esta vez nuevamente el problema es nuestro y no de l@s peques.

¿Pero hacer esto es bueno para nuestra salud física o mental? La respuesta es no. Los seres humanos por naturaleza contamos con 5 emociones básicas (sorpresa, miedo, alegría, tristeza y rabia) y debemos aprender a convivir con ellas y no negarlas, se sienten o no se sienten y punto. ¿Acaso podemos evitar enamorarnos? Pues lo mismo pasa con las emociones básicas. Pensamos erróneamente que si evitamos o reprimimos el miedo, la tristeza o la rabia desaparecerán, pero lamentablemente no es así, se acumulan dentro nuestro, y hoy en día la Piscología sabe que el miedo acumulado se convierte más adelante en ansiedad, la tristeza en depresión y la rabia en destrucción, es decir, que la represión emocional atenta directamente contra la salud mental.

Cómo acompañar las emociones infantiles

Teniendo lo de arriba en cuenta podemos ya intuir que nuestro papel es crucial y se centra básicamente en acompañar la expresión de toda emoción.

Lo cierto es que no hay una receta mágica para acompañar eficazmente, cada txiki es un mundo y cada situación es diferente. A veces necesitarán que les abracemos y otras que ni les toquemos, unas querrán escuchar nuestra voz y otras evitarán que les hablamos. Lo importante es que sigamos su necesidad y que se sientan comprendidos y validados en cada momento. Aunque no hay unos pasos exactos a seguir, sí hay algunas cosas generales que podrían ayudar a sentirse así:

  • Validar. Como hemos comentado antes, todas las emociones son legítimas, por ello frases como “venga, si no es nada”, “no llores, anda”, no hacen más que trasmitir rechazo e insinuar que no se debe sentir lo que se siente. Validar y poner nombre a sus emociones puede favorecer la identificación y comprensión de su sentir.
  • Proteger. ¿Vamos a dejar que se peguen o se muerdan? Obviamente no. Nuestro rol es protegerles e intentaremos llegar a tiempo para impedir que se hagan daño o se lo hagan a otras personas, pero sí les ofreceremos algo donde puedan descargar esa tensión, rabia y frustración. Por ejemplo si vemos que necesita morder podemos ofrecerle una zanahoria o un mordedor, si vemos que quiere pegar podemos ofrecerle un cojín, una almohada, etc.
  • Empatizar. Significa comprender y aceptar su estado y su conducta, sin intentar cambiarla. Podemos hacerlo mediante palabras o expresiones corporales. A menudo leemos lo respetuoso que es ponernos a su altura y hablar en un tono seguro, pero no sirve con bajar solo físicamente, debemos bajar también el alma y corazón y sentir que estamos protegiendo y ayudando, no enseñando o educando.

Una expresión emocional infantil tendrá la intensidad y durará el tiempo necesario para sacar lo que se necesita y quedar limpi@ y fortalecid@ internamente. Por eso, el objetivo de acompañar las emociones respetuosamente no es que el/la niñ@ deje de llorar, gritar, pegar o patalear lo antes lo posible. El único objetivo es que se sienta querid@, validad@ y comprendid@ y que perciba que sentir, sea lo que sea, es legítimo. En realidad la peor experiencia infantil no es sufrir tensión, injusticia o maltrato, sino hacerlo sol@, en silencio y rechazad@.

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Por dar voz a la infancia. Por un mundo mejor   

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